Noto algo
extraño en mi cara, doy con mi mano al aire para intentar quitármelo, pero no
funciona, porque el cosquilleo sigue ahí.
Así que simplemente me doy la vuelta, y es cuando noto como me tiran
agua helada en la cara. Pego un grito y voy corriendo al baño a secarme.
-Os lo he
dicho. A esta las cosquillas no la hacen
nada.- Escucho a Ruth decir desde la habitación.
-¿Tenías que
ser tan bestia?
-Joder, si
no se hubiera tirado toda la noche de fiesta pues no estaría así.
-Te voy a
matar.- La grito desde la puerta y me tiro hacia ella, haciendo que ambas
caigamos a la cama, cojo el cojín más cercano y empiezo a darla con él en la
cara.
-¡Jimena
para!-grita a la vez que empieza a reírse.
-¿Que pare?
¡¿Sabes el susto que me has pegado?!
Finalmente
Clara y María terminan uniéndose a nuestra pelea de almohadas que termina con
todo lleno de plumas.
-Tu madre
tiene que comprar cojines mejores. Estos son una mierda.
Clara le
tira lo que queda de un cojín azul, que debo decir que era horrendo a la clara
y Ruth escupe un par de plumas.
-Igual si no
hubieras dado tan fuerte seguirían vivos.
-Si son una
mierda son una mierda.
-¡Ruth!-la
reprocha María.- ¿Besas a tu madre con esa boca?
Ruth
simplemente la enseña el dedo del medio y se encoge de hombros.
-La que sí
tuvo beso anoche fue otra.-Dice pícara María mientras me da un codazo en el
costado haciendo que me sonroje.
-Yo no…
¿Qué? No claro que no.- Intento defenderme de esas tres fieras pero lo único
que consigo es dejarme en evidencia.
-Mira yo no
lo vi, pero aquí tu amiga-y a la vez que dice esto señala a María, quien sonríe
inocentemente.- Dice que estaba como un tren. Y para que diga algo así de un
chico mira que tiene que estar bien.
-Dios, mira
que sois tontas.
-O venga,
anoche apenas nos contaste nada y nos has dejado con la intriga, no seas
mala.-Clara hace pucheros a la vez que me mira con los ojos
entrecerrados.-Venga.
-Pero es que
no pasó nada. Simplemente me llevó a dar una vuelta y… nada más.
-Mira, aun
que te creyera, que no es el caso, pero pongamos que sí, y no hubieras hecho
nada, ni un triste beso en la mejilla, te dejaba de hablar.
-¿Por qué?
-¡Por
tonta!-Esta vez es María en responder en vez de Ruth.
-Me dais
miedo. Lo digo en serio.- Ruth me responde poniendo los ojos en blanco y María
ensancha su sonrisa aún más. ¿Por qué sigo siendo amiga suya? Cierto, no tengo
más.
Nos quedamos
hablando de cosas sin sentido hasta que es hora de volver a casa.
María vive
cerca de Clara, y Ruth vive por mi zona,
pero todas muy distanciadas, así que tenemos que coger cada una un camino
diferente.
Mientras
camino al lado de Ruth ninguna dice nada, hasta que pasamos por debajo de una
farola y el colgante que me dio anoche Alioth, que ahora cuelga de mi cuello
brilla como si tuviera luz propia.
-Ala ¿y eso?
Anoche no lo tenías.-Exclama mientras lo toca- Es precioso.
-Claro que
sí, solo que no se veía.
-¿De dónde
la has sacado?
Me encojo de
hombros mientras busco una excusa con coherencia.
-He hecho
limpieza en mi habitación y ha aparecido.
Ruth se
queda en silencio mirando al suelo un momento, luego levanta su mirada hasta
chocar con la mía, haciendo que me estremezca, me mira tan profundamente que
creo que puede leer mis pensamientos.
-Tu nunca,
repito NUNCA haces limpieza en tu cuarto.-Lo dice lento para remarcar su punto-
Mira estas rarísima últimamente. Primero te vas con un tío al que no conoces de
nada, luego apareces a las tantas en la puerta con unas pintas propias de un
borracho con resaca y ahora esto. Si no quieres decirme la verdad no me la
digas, pero por favor no me mientas.
Suelto un
suspiro cansado. Ruth tiene razón, pero como la digo lo que está pasando si ni
siquiera lo sé yo, pero es mi amiga, nos contamos todo desde que nos conocemos
y me hace sentir fatal no decírselo, así que decido ser sincera, o lo más
posible.
-Mira, te
juro que si lo supiera te lo diría, pero es que no tengo ni idea, este chico,
Alioth, apareció de pronto y nada ha vuelto a ser igual, simplemente es todo
muy confuso.
-¿Esta tan
bien como dice María?
-Puede…
Creo que
nunca he visto una sonrisa más terrorífica proveniente de Ruth que la de este
momento.
-Bien, te
veo mañana.-Dice, y después se da la vuelta y se va. La veo desaparecer al
final de la solitaria calle, con ese andar propio de ella, y su pelo moviéndose
con el viento, y es la última imagen que mis pupilas captan, porque lo
siguiente que recuerdo es oscuridad y un fuerte ardor en mi cuello proveniente
del colgante.
Y el susurro
de una voz demasiado conocida para mí:
-Dulces
sueños.
Los parpados
me pesan como si estuvieran pegados, tengo un sabor de boca asqueroso y encima
el suelo sobre el que estoy tumbada está helado.
Donde antes
sentía un dolor tan profundo como si me estuvieran quemando con un hierro
ardiendo ahora es una simple molestia.
Vuelvo a
intentar abrir los ojos, lo suficiente para que una rendija de luz pueda llegar
hasta ellos y me deslumbre. ¿Dónde narices estoy?
-Parece que
ya te vas despertando.
Ahora sí que
consigo abrir los ojos, y la imagen que tengo frente a mí me deja helada
Ángel está
sentado en una pequeña mesa en la esquina, lleva una sudadera roja que resalta
su pelo rubio y unos vaqueros rotos por las rodillas.
Estamos en
una pequeña habitación, solo hay una ventana cerca del techo que permite pasar
la luz. A través de esos rayos se ve el
polvo que hay en el aire.
-¿Ángel?
-Vaya, y yo
que pensaba que eras tonta.
-¿Qué mierda
haces? ¿Dónde estamos?
-Cuida tus
palabras Jimena. Una señorita no debe decir esas palabras.
-Que te den.
Él
simplemente muestra sus dientes en una sonrisa macabra y empieza a pasearse por
la habitación.
-Jimena,
Jimena... ¿Sabes? Cuando te conocí me parecías una chica muy interesante, pero
demasiado inocente, solo ves el lado bueno de las personas, y, preciosa, eso es
malo. Sobre todo cuando hay personas que no tienen uno. Al principio pensé que
acercarme a ti sería difícil, pero en poco tiempo me hice amigo de tus amigos,
y apenas me costó trabajo. Después de eso todo fue coser y cantar, os
acompañaba a las fiestas, cada vez que quedabais, incluso llegue a pensar que
estaba equivocado, que tú no podías ser quien yo buscaba; eres demasiado...
¿normal? Sí, eso, normal. Pero entonces ocurrió, los viste, y supe que mi
esfuerzo no había sido en vano, que eras tú.
-Alioth es
tan estúpido, nunca pensé que te fuera a hacer caso, en realidad pensé que te
mataría, allí, en ese mismo instante, pero no. Y luego volvió a buscarte, y
consiguió en un mes lo que yo llevaba años buscando: a ti.
-¿Por qué?
No lo entiendo, ¿Qué tengo de especial? ¿Conoces a Alioth?
Hace una
mueca de desagrado y se queda callado un momento. De pronto me mira y sonríe.
-No te ha
contado nada por lo que veo.
Resoplo y
miro al suelo. Pues claro que no.
-Ahora todo
tiene sentido.
¿Qué querrá
decir con eso?
Ángel, el
que yo pensaba que era mi amigo y el chico más agradable del planeta pero que
en cuestión de segundos se ha convertido en alguien totalmente desconocido para
mí vuelve a su posición inicial, sentado en la mesa de la esquina.
Me mira
durante unos minutos y empieza a contarme todo lo que Alioth me ha estado
ocultando.
-Hace seis
siglos una epidemia azotó con fuerza a la humanidad. Al principio no se le dio
mucha importancia, empezó por matar a unos cuantos pobres que vivían cerca del
lago y a unas prostitutas que allí trabajaban, nada importante, pero con el
tiempo la cifra de muertos fue subiendo, pasando a gente con mayor importancia.
Empezaron a investigarla, pero nada, nadie sabía de donde podría porvenir. El
tiempo pasaba y mayor gente iba muriendo, los síntomas eran parecidos a cuando
el demonio te poseía.
-Primero apenas se notaba, luego empezabas a
escuchar cosas extrañas, aparecía poco a poco, cada vez con síntomas peores, y
entonces empezaban a aparecer quemaduras en la piel y en el interior del
cuerpo. Te iba quemando poco a poco, cuando aparecían las quemaduras en las
manos, estabas acabado. Se volvían locos, veían cosas que nadie más podía ver,
a no ser que estuvieran contaminados. La enfermedad del fuego, la llamaron.
-Pero lo que
muy pocos sabían era lo que traía consigo esa enfermedad, no era una
cualquiera, ni siquiera era una creada en el planeta humano. La enfermedad
provenía de un pequeño trozo de estrella, que llego a nuestro planeta; cerca de
nuestro sistema dos estrellas colapsaron, haciendo se explotar en mil pedazos mutuamente,
uno de esos pedazos llego hasta aquí, y se estrelló, el polvo que producía era
el causante de la horrible enfermedad.
-En
realidad, lo que de verdad era todo, era una fase, una fase que solo unos pocos
pudieron atravesar, uno de cada 10000 infectados, o menos.
-Y, los sobrevivientes adquirían el don, todos distintos pero
todos con algo en común: El fuego de las estrellas. Este fuego recorría sus
venas como sangre, y, fue pasando de generación en generación, aun nadie sabe
cómo funciona, solo que uno de los descendientes del infectado nace con el
mismo don.
-Pero no
solo los sobrevivientes tenían la sangre corriendo por sus venas, los que
fallecían también, el espíritu de alguien que murió por la enfermedad del fuego
tiene poder, tanto como para salir del infierno y llegar hasta nuestro mundo de
nuevo, pero esta vez siendo sombras.
-Tú, Jimena,
eres una de esas descendientes, al igual que Alioth y su pandilla.